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Lima Metal Network será la antesala de la gran final regional de Metal Battle Suramérica Región Norte.
Por primera vez en Perú llega Lima Metal Network dentro del marco de la gran final regional de Wacken Metal Battle, un espacio creado para encontrarnos, aprender y fortalecer la escena del Rock y el Metal latinoamericano desde el trabajo conjunto y el intercambio de experiencias.
El viernes 20 de febrero de 2026, desde las 9:00 a.m. hasta la 1:30 p.m., realizaremos una jornada de charlas y networking en el Auditorio de la Embajada de la República Federal de Alemania en Lima (Av. Dionisio Derteano 144, Edificio Alto Caral, pisos 7 y 8, San Isidro) Piso 21.
Durante la mañana contaremos con invitados de distintos países que compartirán proyectos, experiencias y herramientas reales para el desarrollo de la escena:
Ecuador presentará el documental Cuerdas de Acero, la historia del rock en en la región del Chimborazo con Diego Orrego de Aquelarre Metal.
Desde Colombia, Felipe Szarruk hablará sobre la realidad del Metal Battle Suramérica y la experiencia en estos procesos.
También desde Colombia, Edixon Sepúlveda Gómez compartirá su experiencia en management y booking independiente con una charla sobre circulación internacional.
Desde Bolivia, Helmut Jahnsen Kierig expondrá el trabajo de Comunidad Metal Bolivia.
La jornada cerrará con un espacio de networking entre músicos, gestores y productores de los países invitados en donde se tendrá la oportunidad de compartir con diversos agentes de la escena del Rock y Metal para lograr alianzas, acuerdos o sencillamente amistad.
Este es el primer encuentro de Lima Metal Network y esperamos que sea el inicio de un proceso de articulación real entre escenas, proyectos y personas que trabajan por el metal en la región.
Los interesados en asistir deben enviar un correo a pmendiah@gmail.com ya que el ingreso es por invitación.
Nos vemos en Lima.
metalbattlesuramérica
www.metalbatlesuramérica.com
Chile
Suramérica recibe a Wacken con las fiestas oficiales en Colombia, Ecuador, Perú y Chile
La imagen del Wacken Open Air suele evocar un campo lluvioso en Schleswig-Holstein, el rugido contenido de decenas de miles bajo la noche alemana y ese olor inconfundible a pólvora, tierra mojada y cerveza. Sin embargo, en la primavera de 2026, la esencia del Holy Ground se desprende de sus coordenadas geográficas para convertirse en un pulso global. Por primera vez en sus 35 años de historia, el festival ha orquestado un fenómeno que trasciende la logística de un evento único, una serie de Warm Up Parties que, el próximo 18 de abril, encenderán 35 ciudades en otros tantos países, todo ello bajo el lema “One World, One Stage” .
Para Suramérica, una región donde el metal no es solo un género musical sino una identidad forjada en la resistencia cultural, la noticia tiene un sabor especial. Este año, cuatro países se preparan para ser la antesala del festival: Colombia, Ecuador, Perú y Chile. La cita es el sábado 18 de abril de 2026, y la invitación es clara, Wacken baja del Olimpo y sale al encuentro de sus fieles.
La iniciativa “One World, One Stage” es, en esencia, una declaración de principios. Wacken siempre ha sido más que un festival; es una peregrinación, un estilo de vida. Pero no todos pueden permitirse el lujo de viajar al norte de Alemania, pagar el boleto y sobrevivir a la logística de una semana en un camping. Con estas warm up parties, el festival demuestra que la comunidad metalera es una sola sin importar el país. Desde Japón al amanecer hasta Perú al atardecer, 35 naciones se unirán en un solo día, demostrando que la distancia no es excusa para la devoción. Cada país anfitrión presentará a sus propios héroes locales del metal, unidos a través de presentaciones en vivo y una energía global compartida.

Empecemos por Colombia. Bogotá será una de las sedes oficiales de esta celebración global, una decisión que confirma la consolidación de la escena colombiana en el circuito internacional del metal. Durante años, bandas colombianas han participado en la Wacken Metal Battle, la competencia internacional que busca nuevos talentos para llevarlos al escenario principal del festival alemán. Esa relación, forjada en el sudor de las salas de ensayo y la entrega en el escenario, ha dado sus frutos. Ahora, Colombia no solo envía representantes a Alemania, sino que recibe el sello oficial de Wacken para celebrar su propia fiesta. La cita en Bogotá promete ser una noche donde el público local podrá experimentar ese “espíritu Wacken” sin salir del país, con presentaciones de bandas locales, invitados especiales, actividades para los fanáticos y la posibilidad de acceder a mercancía oficial del festival.
Si cruzamos la frontera hacia el sur, Ecuador se prepara para recibir la marea negra en Quito. La sede será el Necronik Restobar, ubicado en la intersección de las calles Diego de Almagro y Lizardo García, en la capital ecuatoriana. Por primera vez, Quito será parte de esta fiesta internacional que conecta a los fanáticos locales con una red global de devotos del metal. La escena metalera quiteña vivirá una noche histórica con la llegada de esta Wacken Warm-Up Party, un evento que reúne a bandas de alto nivel en una celebración previa al festival de metal más grande del mundo. El lugar, conocido en el circuito underground por su estética y su atmósfera, se convertirá en el epicentro del metal ecuatoriano el 18 de abril. La velada no será un concierto cualquiera. Será el punto de encuentro de una comunidad que, a menudo, ha debido conformarse con migajas de las grandes giras internacionales. Ahora, Wacken baja del pedestal y se instala en un restobar del centro quiteño, en un gesto que iguala al metalero alemán con el ecuatoriano bajo un mismo estandarte: el del doble bombo y la guitarra distorsionada.
Perú, por su parte, es un caso de devoción inquebrantable. Lima siempre ha sido una parada obligada para cualquier gira sudamericana que se precie, y su inclusión en este circuito global es la confirmación de que la escena peruana goza de excelente salud. Según la descripción oficial del evento, la cadena global de conciertos se extiende desde Japón al amanecer hasta Perú al atardecer. Es un detalle geográfico y simbólico de enorme magnitud: Perú es el punto de cierre de esta jornada mundial de 24 horas de metal ininterrumpido. La sola presencia del país en el mapa de “One World, One Stage” es un triunfo en sí mismo. Lo interesante del caso peruano es la sinergia con la Wacken Metal Battle. Las warm up parties funcionan como el pistoletazo de salida de esa competencia, un termómetro que mide la temperatura de una escena que, históricamente, ha utilizado la precariedad como combustible creativo. Bandas peruanas de death metal, thrash y doom han ido ganando terreno en los últimos años, y esta vitrina internacional les permitirá mostrar su músculo ante los ojos del mundo.

Finalmente, llegamos a Chile, el país que probablemente concita la mayor atención de la región en esta edición. Santiago será la sede del evento chileno, y el lugar elegido es el Salón del Mambo, ubicado en la calle San Francisco 668, en pleno centro de la capital. Este espacio, conocido en la escena local por su carácter desenfadado y su apuesta por la música en vivo, se prepara para albergar una noche que muchos califican ya como histórica. La Wacken Metal Battle en Chile ha confirmado su fecha y las nueve bandas que participarán en la cuarta batalla de bandas en Santiago. La Warm Up Party del 18 de abril será, en muchos sentidos, el preámbulo perfecto para esa competencia, un ensayo general donde las bandas chilenas podrán demostrar por qué merecen un lugar en el Holy Ground alemán. Chile tiene una historia particular con el metal. Es un país de audiencias masivas, de estadios llenos y de una fidelidad que roza lo religioso. La inclusión de Santiago en esta gira mundial de warm up parties es la confirmación de que el festival alemán no solo reconoce ese fervor, sino que quiere canalizarlo y celebrarlo. El Salón del Mambo, con su capacidad íntima y su atmósfera de club, será el escenario ideal para que los fanáticos chilenos sientan que el Wacken está, por unas horas, en su propio barrio.
Así que ya lo saben, metaleros de Colombia, Ecuador, Perú y Chile. El 18 de abril de 2026, no hace falta cruzar el Atlántico. El Wacken llega a su tierra. El camino hacia el Holy Ground comienza en un restobar quiteño, en una sala del centro santiaguino o en un escenario bogotano. Un día. Un mundo. Un oleaje imparable de energía cruda, todo impulsado por el legendario Wacken Spirit, esa fuerza que trasciende fronteras, idiomas y culturas. El espíritu del metal está vivo, y este año, su latido se siente en cada rincón de los Andes.
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La Contraofensiva con la que Wacken Planea enterrar el barro en su 35º Aniversario
A estas alturas del relato, la dicotomía es casi un dogma de fe para la comunidad metalera mundial. Durante décadas, la narrativa del Wacken Open Air ha estado inseparablemente ligada a una promesa estoica que más que un lema parece un juramento caballeresco: “Rain or Shine”. Llueva o truene, el espectáculo debe continuar. Sin embargo, para quienes han pisado el “Holy Ground” en años de lluvias torrenciales —como el despiadado 2023 o el lodazal perpetuo de 2015—, la épica de esa frase solía traducirse en una lucha darwiniana por la supervivencia logística. El barro de Wacken no era un simple inconveniente; era un adversario mítico, un peso pesado que había noqueado a más de un festivalero mal equipado.
Pero si hay algo que define a la maquinaria germana es su capacidad para aprender de la derrota y contraatacar con ingeniería de precisión. De cara a la edición del 35º aniversario, que se celebrará del 29 de julio al 1 de agosto de 2026, los organizadores han declarado la guerra total al fango. Y esta vez, no se trata de parches cosméticos ni de esparcir unos cuantos sacos de virutas. Hablamos de una intervención quirúrgica sobre el ecosistema del festival, una transformación radical que busca desterrar la imagen del fan resbalando en el barro para reemplazarla por la de un peregrino caminando con seguridad sobre la roca.
La noticia más impactante, y la que sin duda marcará un antes y un después en la historia del evento, es el blindaje del Infield. El corazón palpitante de Wacken, ese rectángulo de tierra situado frente a los escenarios principales Faster y Harder, es tradicionalmente la zona cero del caos meteorológico. Es allí donde 85,000 almas se compactan para corear himnos, donde los crowdsurfers flotan sobre un mar de manos y, tradicionalmente, donde los pies se hunden en un purín negro que se traga las zapatillas. Para 2026, los organizadores han anunciado una solución que, por su obviedad y eficacia, sorprende que no se hubiera implementado antes a gran escala: la instalación de un sistema de placas sólidas.

Según ha confirmado la organización, una superficie de aproximadamente 10,000 metros cuadrados frente a los dos escenarios principales será cubierta con un entramado de paneles duros. Esto no es una alfombra de plástico cualquiera; se trata de una estructura diseñada para soportar el peso de la masa crítica sin deformarse ni generar los famosos charcos letales que convierten el pogo en un peligro de resbalón. “Nunca ha habido algo así en Wacken”, declaraba Thomas Jensen, cofundador del festival, al anunciar la medida. La premisa es desarmante en su lógica, si el suelo no puede drenar lo suficientemente rápido para aguantar el diluvio o el tránsito masivo, no dejaremos que el suelo se vea.
Esta decisión técnica tiene implicaciones que van más allá de la comodidad del público. Al aislar la capa superior del terreno, se protege la integridad de la “Grasnarbe” (el césped), que antaño quedaba devastada durante meses después del evento. Wacken sigue siendo una operación agrícola durante 51 semanas al año, y devolver el campo en condiciones mínimamente decentes a sus propietarios es una prioridad contractual. La placa actúa como un escudo: ni los pies ni el agua destruyen la estructura del suelo.
Sin embargo, la estrategia defensiva no se detiene en las barricadas del Infield. La logística del festival ha entendido que tan importante como el destino es el viaje. Cualquier veterano de Wacken sabe que el verdadero infierno no siempre está frente al escenario, sino en los largos caminos de conexión entre los campings y la “Plaza”. Esos trayectos, que en los mapas parecen cortos y aliviados, se convertían en 2023 en auténticos Toboganes de lodo de varios kilómetros. Para la edición del 35 aniversario, la red de caminos pavimentados o estabilizados se ha expandido de manera agresiva.
De los 13.5 kilómetros totales de vías peatonales, cerca de 6.7 kilómetros contarán con una superficie dura este año, lo que supone un incremento de 3.7 kilómetros respecto a 2025 . Esto significa que, por primera vez, los asistentes podrán recorrer hasta el 80% de la ruta desde sus tiendas de campaña hasta la entrada principal sin necesidad de chapotear. La organización ha priorizado la creación de una espina dorsal firme que atraviesa el recinto, evitando los cuellos de botella de barro que solían formarse en las horas punta.

Esta mejora estructural se complementa con un elemento casi futurista para un festival de heavy metal: un sistema de guiado lumínico inteligente. Para evitar que la masa se desvíe hacia caminos de tierra secundarios (convirtiéndolos en trampas de lodo), Wacken aumentará en un 30% la cantidad de guirnaldas luminosas, utilizando diferentes colores para codificar las rutas principales. Estas vías preferentes estarán señalizadas no solo con luces físicas, sino también dentro de la aplicación oficial y los mapas del festival, dirigiendo el tráfico humano como un control de vuelo . Si quieres llegar rápido y limpio al concierto de Judas Priest, seguirás la línea de luces rojas; si prefieres la ruta escénica (y embarrada), allá tú.
En un gesto que subraya la madurez y la conciencia social del evento, las mejoras más significativas se han destinado al área inclusiva “Wheels of Steel” . La movilidad para personas con discapacidad o movilidad reducida ha sido históricamente uno de los grandes retos en festivales de tierra. Conscientes de ello, la dirección ha cuadruplicado la superficie de refuerzo en esta zona, alcanzando los 3,500 metros cuadrados de caminos estabilizados mediante placas de acero y superficies duras. No es solo una mejora estética; es una declaración de principios: el barro no puede ser una barrera de acceso.
Pero quizás lo más interesante de esta ofensiva de 2026 es el giro sostenible que los organizadores están imprimiendo a la batalla. Tradicionalmente, la solución rápida contra el barro era la grava o la astilla de madera. Sin embargo, la madera absorbe agua hasta un punto, luego se satura, flota o se convierte en una papilla resbaladiza. Este año, Wacken está probando una nueva arma secreta: el cáñamo schäben (partículas de cañamo).
Procedentes de una empresa regional, estos residuos leñosos del tallo del cáñamo tienen una capacidad de absorción hasta un 30% superior a la viruta tradicional. La ventaja es doble: no solo mantienen el suelo más seco durante más tiempo, sino que al finalizar el festival pueden retirarse sin dejar rastro químico y reutilizarse como material de construcción aislante. Es un movimiento inteligente que conecta la necesidad inmediata del metalero de no manchar sus botas con la ética de la economía circular. Si el experimento funciona, podría marcar el fin de los antiestéticos montones de serrín podrido que suelen decorar los accesos.
Por supuesto, toda esta revolución arquitectónica tiene un precio y un riesgo. El riesgo, como señalan algunos foros veteranos del festival, es la creación de “ríos” entre las placas si el drenaje inferior no está bien calculado, o el temor a que las losas de plástico se vuelvan resbaladizas bajo la lluvia. Sin embargo, la actitud de los fundadores, Holger Hübner y Thomas Jensen, parece ser la de un all-in técnico. “Invertimos en el festival para ofrecer mejoras tangibles”, afirmó Hübner, consciente de que el listón de la comodidad ha subido en la industria del festival.
Wacken 2026 no será un Wacken aséptico. El metal necesita suciedad, sudor y algo de caos para ser auténtico. Pero la diferencia entre un caos épico y un desastre miserable suele medirse en centímetros de lodo. Con 10,000 metros cuadrados de placas, casi 7 kilómetros de caminos de acceso duro y un sistema de navegación lumínica, el festival alemán está construyendo los cimientos para que su 35ª edición sea recordada por la música, no por la lucha de los asistentes contra la gravedad. La guerra contra el barro aún no está ganada —nadie puede vencer a la meteorología del norte de Alemania—, pero por primera vez, el terreno de juego está nivelado. Y es de cemento.
Colombia
Wacken Metal Battle: Athemesis y Altars of Rebellion demuestran Clase Mundial en Lima pero Colombia debe Salir del Aislamiento Local
La final de Suramérica región norte en Lima dejó claro que, aunque Colombia no se llevó el cupo a Wacken este año, sus dos bandas llegaron con una madurez que ya juega en otra liga. Athemesis y Altars Of Rebellion no solo representaron al país; encarnaron una escena que empieza a entender que el talento no basta si el discurso sigue hablando solo hacia adentro, las dos bandas son de una calidad impresionante en donde lo que más habla es la música, por el lado de Athemesis una atmosfera virtuosa y trabajada y por el lado de Altars una máquina demolerá de puro Metal, nada que hacer.
Dos ciudades, un mismo espejo
Colombia llegó a Lima desde dos orillas muy distintas de su mapa emocional, Pasto con Altars Of Rebellion y Medellín con Athemesis. Ninguna responde al viejo cliché de “Bogotá-centro-del-mundo”; son prueba viva de que el metal colombiano ya no se cocina únicamente en la capital, sino en polos que llevan años construyendo identidad propia. Que estas dos bandas hayan ganado una final nacional intensa en Bogotá para luego plantarse en Lima habla de profesionalismo, organización interna y una idea clara de quiénes son sobre el escenario y que Bogotá también está quedando un poco en la zona de confort de los festivales del estado en donde “todo funciona”, un golpe certero que debemos asumir.
En el Teatro Kantaro, en Lima, compartiendo cartel con propuestas de Ecuador, Perú, Bolivia y Chile, todas excepcionales, todas con ganas de tragarse ese escenario, no era fácil para ninguna, Altars y Athemesis no parecían “invitados exóticos de la periferia”, sino pares en un contexto regional de alto voltaje. Sonaron ajustados, conscientes de la vitrina y de lo que implicaba pelear un lugar en el camino hacia el Wacken Open Air, ese campo sagrado donde el metal latino aún se siente visitante, pero cada vez menos turista.

Clase y talento: lo que sí tenemos
Sería fácil reducir su paso por Lima a una frase tipo “no ganaron, pero dejaron en alto el nombre del país” o un “gracias guerreros” tan acostumbrados que estamos a eso, ese consuelo tibio que se usa para rellenar notas de prensa perezosas. Sin embargo, el caso de estas dos bandas es distinto, su presencia en la final regional llega después de años en los que Colombia ya demostró que puede competir de tú a tú en el escenario global, con hitos como el quinto lugar de INFO en Wacken. La vara está más arriba, y eso cambia por completo el análisis.
En el set de Altars Of Rebellion hay un entendimiento fino del metal extremo como vehículo narrativo, con una puesta en escena que no busca copiar estéticas europeas, sino filtrar la brutalidad a través de una sensibilidad propia. Athemesis, por su parte, se planta desde una tradición antioqueña que conoce bien la mezcla entre técnica y emoción con riffs trabajados, estructura pensada, pero sin perder el golpe directo que Medellín ha aportado históricamente al metal colombiano. No se vio una Colombia insegura, intentando “estar a la altura”, sino una Colombia que ya pertenece, incluso cuando el resultado numérico dice otra cosa, no hablo de patrotismo, de hecho lo odio, al contrario, hablo de mundo, de lenguajes universales, de salir de esa “localidad” barata que nos han vendido, ellos lo demostraron.

El límite de hablarle solo a la casa
Ahí es donde la lectura se vuelve incómoda, pero necesaria. Si algo dejó al desnudo la final en Lima es que aún cargamos con un lastre, un discurso demasiado local, demasiado ensimismado. Muchas bandas colombianas, no solo del metal, han construido su obra mirando primero a su propia realidad inmediata, violencia, corrupción, marginalidad, resistencia; temas legítimos, incluso urgentes. Pero cuando ese relato no se traduce a un lenguaje comprensible para alguien que no ha vivido nuestras calles, el mensaje se queda atrapado en la frontera y ese es el daño que nos ha hecho esa manipulación mediática de que “somo la potencia de la vida”, “el riesgo es que te quedes”, etc. No es culpa de las bandas, es que si las bandas no se alinean con ese mensaje retrógrado y atemporal sencillamente quedan afuera de un sistema burocrático que ha conseguido que el rock sea contratista del Estado.
En Lima, frente a bandas que también hablan desde contextos complejos, Venezuela con su problema geopolítico que les obligó a no estar presentes por la negativa de las visas, Bolivia con su geografía adversa, Chile con una escena gigantesca que lleva décadas profesionalizada, el metal colombiano se enfrenta a una paradoja. Hay clase, hay talento, hay técnica, hay show. Lo que empiezan a mostrar Altars Of Rebellion y Athemesis es que ese material bruto puede tallarse en algo exportable sin que pierda su raíz. Pero todavía se siente, por momentos, que el relato está diseñado para que lo entienda la barra de siempre, no el oyente que viene de otra latitud.
No se trata de cantar en inglés por obligación ni de diluir el contenido político o social, sino de entender que internacionalizar no es solo “salir de gira”, sino traducir el código emocional y estético a una sintaxis que no dependa de conocer el mapa de Colombia para sentir el golpe. Altars y Athemesis parecen estar en ese punto de quiebre, han salido del barrio, pero aún están en el proceso de hablarle al planeta y así sucede con casi toda la escena nacional. Debemos romper la barrera del discurso estatal para unirnos a la del discurso mundial y esto es una obligación si queremos salir los dos únicos festivales nacionales que tiene al rock en sus filas.

Del localismo a la conversación global
Esa localidad que ha sido construida por festivales como Rock al Parque, Bomm, Altavoz y otros discursos estatales no sirve en el mundo, nos aísla en un gueto de clientelismo y conformismo, donde las bandas aprenden a mendigar subsidios en ruedas de negocio para almorzar con burócratas en lugar de conquistar escenarios globales. En contraste, el modelo de Subterránica —el mismo que impulsa Metal Battle— demuestra que la autogestión rompe barreras, sin maquinaria estatal ni presupuestos millonarios, hemos logrado hitos como el top-5 mundial de INFO o esta final en Lima, cosas que el gobierno con toda su plata no puede replicar. Bandas pioneras como Masacre y Syracusae ya lo entendieron, exportando su sonido crudo al mundo sin esperar permiso; es la lección que Athemesis y Altars deben absorber para no quedarse en el relato doméstico.
La lección que deja esta final para el metal colombiano es dura pero esperanzadora, ya no podemos escondernos detrás del discurso de “nos falta oportunidad”; ahora nos toca hablar de cómo afinamos el mensaje. La clase y el talento están ahí, personificados en dos bandas que viajaron a Lima a competir en igualdad de condiciones y que demostraron que Colombia no depende de una sola ciudad ni de una sola narrativa.
El siguiente paso no es solo volver a intentarlo en la próxima edición del Metal Battle, sino asumir que internacionalización significa renunciar a cierta comodidad del aplauso local, ese que celebra cualquier cosa “porque es de acá”. Se trata de entender que el metal es, desde hace décadas, una conversación global; y que si queremos estar en la mesa grande, toca hablar con la misma honestidad, pero con un idioma emocional que no se quede atrapado en el kilómetro cero, creo que eso se dijo todo en nuestro encuentro en la Embajada de Alemania en donde este fue el mensaje central, lo mismo aplica para Perú, Ecuador, Venezuela, Chile y todos los países involucrados.
Lima fue un espejo. Athemesis y Altars Of Rebellion no lo rompieron; lo agrietaron en el punto preciso donde Colombia tiene que mirar más hondo. Perder un cupo no es el final del relato, es el recordatorio de que el trabajo serio ya comenzó y que, por primera vez en mucho tiempo, el techo no lo pone el talento, sino nuestra capacidad de dejar de hablarnos solo a nosotros mismos.
@felipeszarruk
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